CEREBROS ECOLÓGICOS

Acababan de apagar las luces y esperábamos a que empezara la función y sin embargo pude ver más de veinte pantallas que emitían luz y personas leyendo o pulsando móviles.

Tampoco me es ajena la escena de ir en metro y quienes van en el vagón ir pulsando teclas. Solo echar un vistazo al auditorio de una conferencia o de una sala de formación en cualquier empresa y email o whatsApp son consultados de forma intermitente. Pasar de una página a otra en internet, mirar el móvil o ir de un canal a otro en busca de … sin detenernos en ninguna, es una conducta bastante habitual.

¿Se imaginan a un cirujano operando y a la vez consultando su móvil?

 Este fenómeno de ir de una a otra fuente de información se llama zapping mental. Impedir que la atención, los pensamientos y el procesamiento de la información tenga el tiempo suficiente para una adecuada elaboración.

¿Google nos vuelve idiotas?. En la revista Atlantic se publicó un artículo que se titulaba así, y se debatía si tal cantidad de información, mails, sonidos de teléfono o videojuegos estridentes, nos provocaban deficits de atención que nos incapacitan a la larga para algunas tareas como la lectura profunda. Señalaba el autor su propia dificultad para demorar el placer que significa sumergirse en un libro y esperar 300 páginas para saborear el final, con el placer de la inmediatez y consumir ya, para pasar a otro estado de placer. Y es que todos estamos amenazados de poder llegar a sufrir verdaderos deficits de atención.

La dispersión mental está estrechamente vinculada con la emocional, es decir, no poder parar nuestro cerebro nos convierte en personas más sobre-excitadas, nerviosas, impulsivas y con menos capacidad de control.

Las escuelas son laboratorios donde se puede observar este fenómeno. Alumnos que se distraen con facilidad, que a penas pueden permanecer en la silla sentados, o que responden impulsivamente a los estímulos externos y son alérgicos a estar en silencio.

Muchos estudios demuestran que la operatividad mental no está tan vinculada al número de neuronas que tenemos sino a las conexiones que existen entre ellas (sinapsis). Esas conexiones son las responsables del aprendizaje y la curiosidad mental. Las personas con edades muy avanzadas y con buenas capacidades intelectuales y/o artísticas, son las que a lo largo de su vida han ido realizando cada vez más conexiones. No han dejado de aprender cosas nuevas, de practicar manualmente habilidades ya entrenadas u otras nuevas. Han dedicado tiempo a observar, reflexionar e interpretar hechos y buscar soluciones a los problemas. Han tenido largas charlas y conversaciones fomentando el lenguaje, aprendiendo otros idiomas o palabras nuevas.

Los cerebros ecológicos, son aquellos que están preparados para centrarse y sumergirse en los pensamientos que en ese momento son foco de su atención.

Las personas con este tipo de cerebro, no son espectadores de lo que piensan sino que utilizan todos los recursos y circuitos cerebrales necesarios para ser conscientes y poder elaborar con precisión respuestas más reflexivas, tales como “estoy de acuerdo” o “no estoy de acuerdo”, frente a las menos reflexivas como son “me gusta” o “no me gusta”.

Quienes entrenan así a sus cerebros fomentan el placer diferido frente al inmediato. Usan el esfuerzo, el silencio y la paciencia como elementos de trabajo frente a la impaciencia o el dinamismo continuo.

Emocionalmente no permiten emociones-choque, esas que se traducen en constantes “me aburro” o “vámonos, ya hemos estado mucho tiempo”. Sino que la quietud, la calma y la tranquilidad son emociones habituales en sus días.

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¿Cómo entrenar a un cerebro a ser más ecológico?. Algunas cosas sencillas.

Definir los momentos exclusivos y desenchufarse de otras escenas. Durante la comida se saborean los alimentos no se consulta la web del periódico. Mientras charlo con mi familia o amigos, no wasapeo con otras personas. Cuando me preparo a ver una película no echo un vistazo a los email´s pendientes. Cuando me hablan, escucho y me concentro en lo que me dicen sin preparar aún las respuestas o mirar el móvil.

Desconectar todo aquello que pueda ser una fuente de distracción cuando necesite concentración. Cerrar la puerta de la habitación o apagar la tele cuando se esté leyendo o aprendiendo algo. Apagar el móvil o el pc cuando analizo datos, avisar de que no nos interrumpan, quitar cosas de alrededor de la mesa que me evoquen otras tareas pendientes.

Dedicar un tiempo cada día a la tranquilidad. Ser más conscientes de nuestro cuerpo y de nuestros pensamientos. La relajación no hay por que asociarla a filosofías orientales, o estados trascendentales. La practica habitual de la serenidad  tiene efectos cognitivos y físicos que duran a lo largo del día y llegan a provocar cambios en ciertas estructuras cerebrales.

Así que hoy dejo encima de la mesa … nada.

HASTA DENTRO DE DOS MIÉRCOLES ( 1 DE NOVIEMBRE)

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TOCADO PERO NO HUNDIDO

Hace tiempo escribí un post sobre resiliencia titulado “Volver, volver, volver”. Escribía sobre la capacidad de quien después de un acontecimiento doloroso había sabido salir y crear una mejor versión de ella misma.

Esta última semana un cliente me relataba una situación muy parecida al hablar de su ruptura, sin entender todo lo que estaba pasando. El sufrimiento le impedía casi articular las palabras. El llanto aparecía constantemente en sus ojos y se desmoronaba valorando su vida como la de un naufrago.

Viéndole así le hablé de la protagonista de mi post y la invité a que le contara su historia.

Todo eso me pasó y… ahora no soy la misma que cuando se terminó. No hago como si no hubiera sucedido nada, en muchos momentos recuerdo lo que he vivido, cosas que han merecido mucho la pena. Desde el principio me negué a considerarlo desde un punto de vista fatalista, lo que ocurrió entre los dos no determinaría irremediablemente cada día de mi presente. Es cierto que una mala historia deja cicatrices, pero no podía borrarlas de mi vida,  fueron muchos meses, no muchos años, pero ese tiempo ocupa el espacio necesario.

Poquito a poquito he integrado en mi vida lo que hicimos juntos. Me he obligado a aceptar los hechos. Y también a las personas que me han dañado, a veces en su nombre, difundiendo lo que jamás hubiera imaginado pudiera trascender más allá de nosotros.

Un día me había caído por las escaleras y el traumatólogo vio como me caían las lágrimas al explorarme la mano. Me preguntó si me hacía daño, negando con la cabeza empecé a contarle todo lo ocurrido. Me escuchaba, no para darme una solución, sino para dejarme encontrar alternativas mejores. Terminamos en la cafetería con un imbebible zumo de uva, quedando para jugar un partido. A la semana siguiente me ganó y propuso la revancha.

Él es ahora alguien especial. Todo el apoyo ha jugado un papel muy importante en mi reconstrucción. Además soy capaz de contarlo a quien creo necesario y también de excluir a quien no lo es. Nadie puede exigirme explicaciones, ni lo consiento.

Hundida, sentada donde estás tú ahora, me hizo repetir una frase seis veces. Obedecía como una boba sin entender que pretendía. Hasta que me di cuenta que la carencia de éxito en un asunto, no es sinónimo de fracaso.

Algunas cosas que he hecho no se puede decir que sean muy acertadas, me equivoqué, pero eso no significa que estén desprovistas de sentido. Es necesario descubrir en que transigimos, qué toleramos o no prestamos suficiente atención. Tuvo sentido cada día, cada detalle que nos concedíamos y nos hacía sentir bien entonces.

Su primer regalo fue un broche en porcelana de un clown. Un día se me cayó y se rompió la cabeza. Intenté pegarlo pero se resistía. Buda dice que “lo que resiste persiste, lo que aceptas se transforma”, así que renuncié a recomponerlo y lo llevo sin cabeza, ahora es un broche distinto.

Me propuse aceptar mi imperfección con mucho sentido del humor, y a él como es y también con mucha ironía, osea sin “cabeza” como su broche. Guardo sus regalos con las dedicatoroias y de alguno hasta la garantía del lugar en que lo compró.

He aprendido algo importante y es que en las decisiones, en las relaciones, la responsabilidad debe dejar un espacio a la espontaneidad, no todo se construye de una manera intencionada, surge y ya está.

Lo más duro de todo este proceso ha sido aceptar que no fui suficientemente inteligente para discernir qué era un factor de riesgo y cual de protección. Los mezclé, a veces lo que parecía cuidar o defender, en otro momento se convertía en un riesgo para mi. No me dí cuenta que cada persona debe decidir por si misma en las encrucijadas de su vida. Mi posición era de cariño y apoyo incondicional, pero se convirtió en mi mayor riesgo para el sufrimiento.

Ahora es otro momento…

Quería que mi cliente viera una luz al final de su túnel. Siempre habrá contratiempos, pero no tienen por qué hundirnos, y esta conversación contenía muchas claves de salvamento:

  • Las cicatrices existen y son parte de nuestra historia.

  • Siempre se puede escoger, no hay nada escrito de antemano.

  • Apoyarnos en otros y hablarlo es la mejor forma de flotar.

  • La ausencia de éxito no es sinónimo de fracaso.

  • Todo lo que ocurre tiene sentido y es necesario entenderlo así.

  • Es recomendable para decidir, discernir entre autoprotección y riesgo.

  • El destino de cada uno está en la mano de cada uno.

  • Con humor se entiende mejor todo lo que nos pasa.

Dejo encima de la mesa … que el futuro es una conquista.

 

HASTA DENTRO DE DOS MIÉRCOLES ( 18 DE OCTUBRE)

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DEL DUELO AL RECUERDO

Este verano ha muerto la madre de una amiga. Es de esas muertes que no te esperas, aunque fuera una mujer con cierta edad. Y hoy quiero dedicarle estas líneas a su hija.

Nada de lo que se diga durante muchos días mitigará la tristeza. Por mucho tiempo que te acompañen muchas personas, nada servirá para dejar de tener la sensación de abandono al no tener cerca a tu madre y contigo. Su olor permanecerá en su habitación durante meses. Al abrir su armario acariciarás su rebeca favorita y notarás como si aún anduviera por la casa. Puede que algún pensamiento de lo que hiciste o no, te haga sentir culpable, ¡bórralos todos!, porque no son ciertos. Echarás en falta sus guisos y esa forma única que tenía de aliñar las comidas. Y al mirarte al espejo reconocerás en tus ojos los suyos. Es un dolor que seguro te impide a veces sonreír o concentrarte en algo que no sea ella y sus últimos días, pero…. Se pasará y todas esas sensaciones, todos los sentimientos que te tienen tan aturdida se irán y se convertirán en recuerdos de los mejores momentos que has vivido con ella. Añorarás su presencia toda tu vida, pero estoy segura que lo transformarás en un recuerdo imborrable pero dulce y reconfortante.

Morirse es parte de la vida sin embargo es difícil aceptar que ocurre para otros y para nosotros mismos. La pena y la tristeza de esos días tienen que tener su espacio, es imprescindible sentirla para permitir que poco a poco su intensidad vaya descendiendo.

¿Como recorrer ese espacio y reducir el dolor?

Todas las emociones tienen su utilidad, y la tristeza también la tiene. Aceptarla es parte del proceso. Aunque ser optimista facilita mucho la vida, las situaciones que requieren de momentos de tristeza nos permite por un lado asumir lo ocurrido tomando conciencia exacta de los acontecimientos y por otro, concedernos el tiempo necesario para asimiliarlo y encajarlo en nuestro día a día. Además, el desconsuelo y el llanto nos permite enviar señales al exterior de que necesitamos y esperamos ayuda, cariño, comprensión y apoyo. Cuando lloramos expresamos a nuestro entorno de una forma inconfundible todo lo que sentimos sin necesidad de hablar, solicitando un escudo de protección muy necesario en esos momentos que nos permita rehacernos.

Es cierto que es un momento tremendamente doloroso pero también es importante pensar que sufrir más no es un signo de querer más. Recordar a la persona que ha muerto es posible a través de la sonrisa. Es un error asociar la cantidad de llanto o el abatimiento con el cariño. También se quiere recordando el tiempo compartido, las complicidades y los detalles de cariño de muchos años juntos.

Insistir en recapitular y evocar los mejores recuerdos facilita el transito de disminuir la pena. Los días de comidas familiares que quedaron impresos en las fotos. Los abrazos espontáneos al llegar a casa o la ternura que derrochaba con los más pequeños. Los consejos a veces de otras épocas que no encajaban demasiado bien con lo que ocurría y eran adornados con un refrán que necesitaba explicación. Y esas regañinas y enfados desproporcionados que al final no se sabía como habían empezado pero que siempre terminaban bien. No importa cuantos conflictos y discrepancias se hayan tenido, todos han merecido la pena porque estaban llenos de cariño.

Si imaginamos a quien ya no está, seguro que preferiría un gesto de alegría en las caras a lutos profundos por su ausencia.

Rememorar todo eso y muchas cosas más, es la forma que transforma el duelo y la tristeza en recuerdos de quien ya no estará más pero de con quien hemos disfrutado mucho, muchos días de la vida.

Dejo encima de la mesa mi recuerdo de ella… el día que la conocí hace muchos años, nada más verme me abrazó fuerte a la vez que me besaba con un sonoro muak.

HASTA DENTRO DE DOS MIÉRCOLES (4 DE OCTUBRE)

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¿CÓMO HAN IDO LAS VACACIONES?

Cuando volvemos a la rutina, es fácil que surja la conversación de contar cómo nos ha ido y que hemos hecho en vacaciones.  Así me ha pasado hoy escuchando distintas “versiones vacacionales”.

Momentos para descubrir cosas.

Llevaba tanto tiempo queriendo ir a bucear, ver peces y el fondo del mar. Tuve miedo en muchas ocasiones. El silencio, una luz especial en la oscuridad, me provocaba sensaciones muy contradictorias, de estar bien y mal a la vez, de estar feliz y temerosa al mismo tiempo. Disfrutaba más cuando salía y pensaba en lo hecho que cuando estaba abajo. Es raro pero es así. El tiempo bajo el agua se lentificaba y me daba tiempo a ver más y pensar menos. Soy más valiente de lo que creía, más tranquila de lo que esperaba, y más capaz de lo que anticipo.

Cambiar de escenario y hacer cosas distintas, facilitan destapar habilidades arrinconadas. Cosas que la rutina y el día a día nos hacen olvidar que las poseemos aunque no las usemos. Las vacaciones son un buen momento para re-descubrirnos y ver con claridad qué queremos. Mostrar y comprobar nuestros talentos.

Retomar momentos de intimidad.

Siestas, tumbarse, leer, caminar ¡y poco!, comer cosas ricas, volver a tumbarnos y charlar, hemos hablado mucho. Hacía tiempo que no estaba así sin obligaciones. No te creas los tres primeros días me costaba no pensar en el trabajo, en las cosas de casa; pero te hice caso y lo conseguí. Y sí, era necesario. A veces me quedaba mirando sin más y me gustaba, era como resetear el cerebro y a la vez darme cuenta de muchas cosas que se me habían despistado. De verdad creo que era el momento, la intimidad se va perdiendo tontamente, parar y hablar me ha venido muy bien, habíamos perdido muchos momentos de estar juntos sin más.

Ralentizar el ritmo , ir más despacio para poder ser más consciente de lo que nos sucede y sucede a nuestro alrededor. Las vacaciones son una oportunidad para practicar buenos hábitos en las relaciones, dedicarnos tiempo y dedicarlo a quienes queremos. .

Paréntesis en relaciones malheridas.

Al final compartimos con otro matrimonio y sus hijos unos días de vacaciones. No muchos días y no muy lejos de casa, parecía que el que estuvieran niños y  tuvieran buena sintonía facilitarían las cosas. Fue un tormento que no parecía tormento. Aún veía con más claridad todo lo peor de lo nuestro. Esos sacrificios por los hijos no sirven de mucho, se oculta con buenos modos en público lo que tiene que arreglarse de otra forma, o puede que nunca, aunque se aparente otra cosa. En definitiva desazón, tensión e incomodidad durante las vacaciones, aunque hubiera sido peor solos o de otra forma. Ni barcos, ni mar, ni pueblos pintorescos o bosques, ni testigos con buenas intenciones resuelven lo que hay que resolver más profundamente o de otra manera.

Las vacaciones nunca serán ni la causa ni el remedio de fracturas. El tiempo libre también es motivo de mayor roce al estar obligados a pasar más tiempo juntos y ser más conscientes de cómo es la otra persona. Es muy frecuente usarlas solos o en compañía como terapia o estrategia para solucionar lo que en realidad estamos demorando, pero tarde o temprano volverá y habrá que decidir sobre ello.

Tiempo para “no hacer nada”

Por fin: no correo, no móviles, no reloj, poder aburrirme. Es que no quería hacer nada de nada, osea lo que surgiera, si me parecía bien, lo hacía, sino, me quedaba quieto. No quería tener agenda, cuando me dejaste el artículo de las ventajas de no hacer nada, decidí que esas serían mis vacaciones. Hasta me costó trasladarme a otra casa. He leído diez paginas del libro que me llevé, menos imposible. No he ido al cine, ni a ver de nuevo el románico, no he hecho marchas, no sé que he hecho pero se han pasado los días y no he hecho nada especial… y lo mejor, me ha sentado de maravilla.

Las vacaciones también permiten parar, prestar atención al momento sin pensar en el futuro o planificar en qué tener el tiempo ocupado. Dar valor al descanso que al final es para lo que son.

Practicar la quietud está íntimamente ligado a descargar tensiones y mejorar el bienestar emocional de las personas (Iñaki Rivero profesor de Psicología de la UPV). Marta Romo en su libro “Entrena tu cerebro” insiste que las mejores ideas aparecen en momentos de “no hacer nada”. Lo de que caiga la manzana y surja la idea de la gravedad es uno de los ejemplos que lo demuestran.

Así que dejo encima de la mesa una pregunta para responder ¿para qué nos han servido las vacaciones?.

HASTA DENTRO DE DOS MIÉRCOLES (20 DE SEPTIEMBRE)

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PRACTICANDO BUENOS MOMENTOS

Como cada verano, al final de la temporada, volvemos a cenar juntas y dejar los partidos aparcados para septiembre.

Y como siempre la charla nos lleva a hablar de todo lo que nos ha ocurrido durante los partidos, o los no partidos. Da igual, volvemos a recordar sonriendo detalles de esas casualidades del pasado verano por las marismas de Orx. Del trozo elegido del camino de Santiago para este verano y de otros planes para agosto, mezclado con las rebajas adelantadas en Alonso Martínez de todo a 19,99. Se han enredado conversaciones de quien este año no se apuntó al ranking y sigue lejos, con el aparato de wiffi portátil japonés. Nos hemos reído de unos brackets que se colaron por un sumidero y al recordarlo han tarareado feliz cumpleaños en portugués y solo porque suena bien. Y es que el verano ha empezado y es un buen momento para descansar.

Escuchando todo de todas, conversaciones que a veces se superponen, he comprobado que practicamos sin ser muy conscientes de ello, fórmulas muy eficaces que nos hacen afrontar el día a día con un espíritu de tranquilidad y de forma beneficiosa. Sin querer practicamos con regularidad el método AIM

¿En que consiste el método AIM?

Es un método de pensamiento positivo que hace que las personas disfruten de la mejor receta para vivir de forma constructiva y afrontar la adversidad con serenidad.

Ed Deiner catedrático de psicología de la Universidad de Illinois, desarrolló un método tridimensional vinculado con la felicidad, la satisfacción con la vida y el afecto positivo. Método cuya práctica persigue activamente el bienestar subjetivo, y tiene como ejes la atención, la interpretación y la memoria en una dirección positiva.

AIM se basa en:

Focalizar la Atención en lo bueno.

Es fácil dejarse llevar y no fijarse en las cosas buenas de cada día. Todavía hay quien piensa que la felicidad depende de las cartas que te hayan tocado en la vida. Siempre se puede elegir como plantearse la jugada. Practicar la atención positiva empieza por…

 

  • Dejar de mirarse el ombligo como único punto de referencia.
  • Dedicar tiempo a disfrutar de los momentos agradables.
  • Mirar con perspectiva la importancia de las cosas.
  • Hablar de las ventajas que poseemos.
  • Practicar buenos sentimientos.
  • Reconocer a las personas que nos quieren.
  • Acostumbrarse a dar las gracias.
  • Evitar las comparaciones.
  • Dejar de quejarse y lamentarse.
  • Habituarse a mirar las cosas bonitas.

Interpretar lo mejor.

En Hamlet, Shakespeare resume las cosas que nos pueden pasar de esta manera “Porque no hay nada bueno o malo, es el pensamiento el que lo hace así”. Lo que interpretamos depende de nuestra historia personal, nuestras preferencias, de cómo hemos aprendido a percibir, dar sentido y resolver las cosas que nos ocurren. Adiestrar a nuestro cerebro a interpretar en positivo empieza por…

  • Preguntarse de qué otra forma puede ser.
  • Escuchar otras versiones.
  • Acostumbrarse a esperar.
  • Ejercitar no predecir el futuro.
  • Aceptar cambiar de opinión.
  • Elegir la alternativa más favorable de todas las posibles para sentirse bien.
  • Practicar emociones positivas y sonreír.
  • Valorar de forma justa y proporcionada.
  • Evitar confrontaciones.
  • Usar palabras buenas, abandonando la crítica y la descalificación.

Memorizar con eficacia.

Recordar y recrearse en lo que hemos vivido y nos ha hecho realmente felices nos transporta a volver a sentir esos momentos, casi con la misma intensidad que aquel día. Almacenar y desenterrar la tragedia, los errores, desgracias y miseras, nos sumergen con facilidad en el pesimismo y la desdicha, bloqueando cualquier emoción que nos facilite sentirnos bien. Entrenar a nuestra memoria a evocar lo mejor empieza por…

  • Mirar fotos de los momentos felices.
  • Confeccionar un álbum mental de épocas buenas.
  • Elegir personas con las que recrearse de los mejores recuerdos y compartilos.
  • Utilizar todos los sentidos para recordar instantes agradables.
  • Transformar un recuerdo lejano añadiéndole detalles alegres.
  • Rememorar instantes de cariño y dulzura.
  • Hablar de las personas buenas que se conocen.
  • Recrearse en imágenes divertidas.
  • Retener sensaciones de bienestar como abrazos, sabores, olores…
  • Escuchar canciones que me recuerdan escenas bonitas.

Para mi, para nosotras, fue una cena llena de AIM´s… Este salmorejo tiene el mejor punto de ajo”.Nunca nos perdimos con nuestra wiffi portátil”.Me equivoqué de talla pero ahora se llevan grandes”. Me costó cero rehacerle los brackets”. Una buena idea cenar al aire libre, 16 grados y mantitas”. No quedamos las últimas en el ranking, fuimos penúltimas”. Mirar mis fotos, este año saltando en la playa la hoguera de San Juan”. He terminado el libro de Aramburu “Patria”, te lo presto”. Me ha enviado este vídeo del pequeño, está enorme”. Qué pena que no haya podido estar”. Te acuerdas el año pasado con google map hasta que lo encontramos, fue una locura genial”.

Y muchas más…

Dejo encima de la mesa… la posibilidad de elegir la mejor vida, y un buen verano.

Volveremos en septiembre.

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TIRITAS DE PAPEL Y LÁPIZ.

Hacía mucho tiempo que le comenté la posibilidad de escribir sobre esa experiencia que le ha marcado esta etapa de su vida. Una fórmula de liberar fantasmas hospedados en su cabeza, quizás publicarlo y convertir el texto en guía para otras personas.

A veces podemos contar lo que nos hace sentir mal, pero hay muchas ocasiones en las que empezar es tan complicado, tan difuso o complejo que los terapeutas recomiendan usar una técnica denominada escritura terapéutica.

Hace siglos que la expresión escrita se ha utilizado para exteriorizar estados emocionales. El premio novel de literatura William Faulkner lo describía así: Los que pueden actúan, y los que no pueden, y sufren por ello, escriben.”

La primera aproximación a la escritura terapéutica la propuso Ira Progoff (1960), un psicólogo neoyorkino que través de una técnica llamada el “diario intensivo” proponía a sus clientes que trabajaran la autoexploración personal. Después se ha utilizado de forma habitual como técnica terapéutica y muchas investigaciones han demostrado que escribir sobre nosotros mismos se puede convertir en una palanca de cambio en la percepción que tenemos sobre lo que somos, sentimos o pensamos. El estudio más llamativo sobre este tema se realizó en la Universidad de Stanford con un grupo de estudiantes afroamericanos en su intento de adaptarse a la universidad. Aquellos alumnos que escribieron sobre lo que les iba ocurriendo, pasados unos meses obtenían mejores resultados académicos que los que no lo habían hecho.

La escritura terapéutica consiste en escribir sin pensar en cómo queda. Todos poseemos una función narrativa que nos acerca a nuestro mundo y los acontecimientos que vamos viviendo. Esta función encadena, a través del uso del lenguaje, nuestra parte más racional y también la más creativa y emocional. Así, ponemos en funcionamiento los dos hemisferios, obligando al cerebro a estructurar el pensamiento y también a soltar nuestras emociones. Escribiendo ordenamos y reflexionamos sobre lo que pensamos y hacemos, y a la vez tomamos suficiente distancia para liberar lo que sentimos.

El papel y el lápiz es un entorno seguro donde podemos expresar sin pudor cualquier sentimiento, por doloroso o perverso que sea; cualquier idea, por extraña o poco convencional que parezca, y todo con la distancia suficiente para sumergirnos en el escaparate de nuestro interior preguntándonos y respondiendo a lo más íntimo que poseemos, sin ser juzgados.

La vida es una hilera de sucesos que se van engarzando y te pueden dirigir hacia la desesperación o hacia la tranquilidad. Tomamos más de 70 decisiones al día, así que somos más producto de lo que decidimos, que de lo que nos pasa. Un papel, un lápiz y empezar a escribir no resuelve cualquier problema, pero si puede ayudar a afrontarlo, a reconstruir y encontrar nuevos significados a lo que hemos decidido y vivido. (Timothy D. Wilson, profesor de psicología de la Universidad de Virginia: Redirect: Changing the Stories We Live By”.

Un domingo recibí este primer trozo al que he borrado algunos detalles…

No sé por donde empezar, me hubiera gustado que… y fuera un sueño, me despertara y nada hubiera ocurrido, no, no todo, hay cosas que aún añoro y echo mucho de menos, no sé como se ha llegado hasta aquí de esta manera. No, sí lo sé…

He sentido mucha vergüenza caminando por la calle, muchísima, sufro como nunca he sufrido, como si todos supieran o pensaran de mi que soy un  lacayo, cómodo y dócil bragazas.... Odio sentirme así y no ser capaz de mandar todo … para poner un punto. Muchas veces he pensado en desaparecer, que nadie me conociera, ni me viera, he llegado a tener tanta desesperación que…”

Un segundo envío…

Hay momentos en que puedo mirar con más distancia, pero otros que oír su voz me avergüenza, quiero que se callen. Me meto a trabajar horas y horas, sin desconectar para que nada vuelva a mi cabeza. Intento seguir las rutinas, aparentar que todo está bien, bajo control, pero no es así. ¿Qué puedo hacer?, ¿que tengo que hacer?, ¿que tengo que hacer ?, ¿el que?, ¿el que?, por qué tengo tantas ganas de…., este dolor de llegar y …

Tercer envío…

¿Más tiempo dices?, menos pensar y más hacer, más presente y menos pasado, más de todo. He decidido cruzar la calle, estar cerca pero suficientemente lejos para no estar. Me enferma, es estomagante, a veces no puedo soportar ni su sombra, lo cargante que es, ¡encima!. Voy a cortarme el pelo con …, el peluquero nunca mira así, es un sitio del que salgo bien….. ¿Algún día no me sentiré así?

Hay un cuarto, un quinto, sexto…  

Dejo encima de la mesa… papel y lápiz para que según se siga escribiendo se busquen las salidas.

 

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RIESGOS EN LAS ETIQUETAS

Sentada en el sillón me insistía obcecada: “Se han aprovechado de su debilidad de carácter. Era incapaz de ver lo que sucedía, se ha dejado engañar porque siempre es muy inútil, no quiere enterarse de nada por eso ha sucedido todo…”

En un gesto de parar, le pedí que consideráramos más despacio el uso que hacemos de los calificativos y  cómo organizan nuestra realidad…

No te haces, ni haces ningún favor hablando así, cuando atribuimos a las personas ciertas características tenemos que tener cuidado de los riesgos que corremos al etiquetarlas.

Aunque sea por una situación que a ti te parece tan cierta, las etiquetas permanecen durante mucho tiempo, más del que creemos todos. Quedan archivadas y las volvemos a utilizar en cualquier momento, porque se han instalado como programas informáticos que aunque no los veamos, trabajan en el software del ordenador facilitando que otros programas trabajen.

¿Por qué etiquetamos a las personas?.

Parece bastante tentador “colgar” etiquetas de cómo son las personas argumentando que están basadas en la experiencia que hemos tenido con ellas. Pero en realidad esto no es del todo cierto, solemos colocarlas en los primeros minutos de relación, y luego según pasa el tiempo solo buscamos aquello que nos permite confirmar la elegida inicialmente.

El impulso de calificar tiene dos razones. Una es la de simplificar los procesos del pensamiento, y la otra facilitar las estrategias de nuestras decisiones. Así, si califico a alguien como “ética” me será muy fácil confiarle mis secretos sin pensar mucho más allá, porque tendré la seguridad de que nunca desvelará lo que puse en sus manos en un momento dado. De igual modo si califico a alguien de “vulnerable” su debilidad le rondará y no confiaremos en la fortaleza de su criterio, ni en sus decisiones, pensaremos que otro puede influir con facilidad y hacerle dudar o cambiar sin excesivo esfuerzo.

Hacer categorías de cómo son las personas, es en definitiva hacer juicios sobre ellas y eso provoca ciertos efectos secundarios.

El primero, que los juicios sobre las personas raramente se desmienten. Cuando creemos algo sobre alguien, sea cierto o no, nos comportaremos con esa persona de forma que sea coherente con la idea que tenemos de ella. Así iremos concatenando en la relación una gama de actos que apoyen nuestro diagnóstico.

En psicología se denomina efecto pigmalión, o la profecía autocumplida. Si creo que alguien es débil y fácil de engañar actuaré impidiendo que decida, le ocultaré datos, resolveré y llevaré las riendas de los acontecimientos y cada vez le veré más incapaz y más débil.

El segundo es pensar que las personas nunca cambian.

La idea que mejor rebate este efecto es lo que he oído en un monólogo del Club de la comedia: La prueba irrefutable que las personas cambian y pueden cambiar es que hay muchas que van a peor”

Solemos confundir lo que “hacemos” con lo que “somos”. Alguien puede ser realmente inútil planchando pero tremendamente hábil limpiando los baños. Entonces ¿es inútil haciendo las cosas de casa o no?. ¿Qué puedo perderme calificándole solo de inútil?

El tercero es confundir un hecho de una opinión.

Un hecho es algo objetivo y contrastable. Una opinión es la interpretación emocional de un hecho que filtro según mis creencias. Y los juicios están elaborados por opiniones. Así cuando alguien por ejemplo no responde a una pregunta, eso es un hecho, pero cuando digo que se calla para ocultar algo, eso es un juicio amparado en una opinión. Hay más posibilidades, se puede callar porque no lo sabe o porque no quiere herir con su respuesta, o no quiere entrar en polémica… Entonces que es ¿mentiroso?, ¿ignorante? o ¿cauto?.

Me mantenía bastante desafiante la mirada, parecía querer decirme con los ojos que sus apreciaciones eran certeras al cien por cien. A pesar del reto le mantuve la mirada …

Verás, creo que vale la pena que te pares a recapacitar que los juicios no son verdades absolutas, que el impacto que pueden provocar te tienen que hacer pensar si merece la pena que revises esa forma que tienes de hablar tan categórica. Que cuando alguien habla de ti así, en términos que dices te ofenden porque no te reconoces, no eres capaz de ver que hace cinco minutos has hecho lo mismo con la otra persona. Y que el dolor que tu sientes, es muy parecido al que pueden sentir otros.

Revisar las etiquetas que atribuimos a los demás supone un esfuerzo que conlleva:

  • Observar más, antes de precintar.

  • Reflexionar sobre las puertas que cerramos en el futuro cuando encasillamos.

  • Revisar la barra de medir a los demás y la que usamos con nosotros.

  • Ser condescendientes con lo que no entendemos o queremos.

Dejo encima de la mesa… las posibilidades de etiquetar a esta pastilla de jabón.

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